lunes, 10 de febrero de 2014

Porque al final todo llega


Aitana G.Cantos | Opinión

La primera vez que tuve verdadera conciencia de la actriz Terele Pávez fue en 2002, cuando entró a formar parte de la familia Alcántara. Entonces yo tan sólo tenía 13 años y era una ferviente seguidora de `Cuéntame cómo pasó´, una serie que describía fielmente la juventud de mis padres. En aquellos años, Doña Pura, la que era madre de Antonio Alcántara y abuela de Carlitos, fue un personaje que, a pesar de su breve paso por la serie, me causó un gran impacto. Doña Pura era esa mujer que desde pequeña había observado en los campos de mi infancia con el luto eterno y el moño bajo y blanquecino. Era la autoridad y la fortaleza, el vinagre y las gotas de miel. Doña Pura me enseñó a una Terele Pávez que ya conocía y con la que volvería a reencontrarme en el camino.



Y rescatándola de mi memoria, la vi en `Los santos inocentes´ (Mario Camus, 1984). Terele Pávez se embebía en Régula, la consumida esposa de Paco, madre de la niña chica que chillaba desconsolada, y hermana de Azarías y su “milana bonita”. En ese papel secundario, la actriz sumaba, con su mirada triste y su cuerpo escurrido, intensidad a la pudorosa miseria de aquella España rural. Jamás podré olvidar cómo sujetaba a su hija pequeña que, discapacitada y ya adolescente, colgaba entre sus brazos.

Fotograma de Los santos inocentes (Mario Camus, 1984)

Pero llegó Álex de la Iglesia con sus escabrosas historias. Historias con papeles tan duros como escalofriantes en los que Terele Pávez encajaba al dedillo. La pudimos ver en `El día de la Bestia´ (1995), `La comunidad´ (2000), `800 balas´ (2002), `Balada triste de trompeta´ (2010) y en esta última, `Las brujas de Zugarramurdi´ (2013). El cineasta insufló un protagonismo secundario a la genial intérprete y la colocó en la primera línea de la cartelera nacional desde su consabido lugar en el reparto. Tres candidaturas a los Goya gracias a De la Iglesia y este año la suerte me transmitía buenas vibraciones.

Terele Pávez en el papel de Ramona junto a Sancho Gracia en La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000) 

Así que anoche me vestí con mis mejores galas de sofá y pelis (aunque sin pelis) y me dispuse a ver la gala de la XXVIII edición de los Premios Goya. Pero el ritmo de aquella celebración no lograba despertarme ese amor incondicional al cine patrio. Sin embargo, cuando Javier Bardem apareció en el escenario y nombró a las nominadas a la Mejor interpretación femenina de reparto, supe que a pesar de las geniales Nathalie Poza, Maribel Verdú y Susi Sánchez, aquel Goya ya tenía nombre propio.

Terele Pávez nos regaló uno de los momentos más emotivos de la gala, de los de lágrima-moco-pañuelo. Después de cinco nominaciones en esta categoría, sentí que la profesión rendía homenaje a una actriz que, como bien subrayó, tenía “74 años” y llevaba “60 trabajando en esto”, en el cine. No pude evitar contagiarme al ver su comadrería con Pilar Bardem, el descenso de la escalinata agarrada del brazo de su hijo y el ascenso al escenario cogida de Javier Bardem. Un aforo que se levantaba y aplaudía a esta gran intérprete del cine español. Y su agradecimiento, sencillo y sincero, de los que suenan a realidad.

Terele Pávez, ganadora del Goya a la Mejor interpretación femenina de reparto, vía cadenaser.com

Terele Pávez se alzó ayer con el Goya a la Mejor interpretación femenina de reparto. Un galardón al que había optado en cuatro ocasiones anteriores. Un premio que le tocaba. Y yo me fui a dormir con mis mejores galas y una sonrisa en los labios.

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